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Un proyecto de ensalada, un campamento lleno de encuentros rizómicos y la inteligencia ejecutiva

21/07/2012

Hay momentos en los que uno siente que todo encaja o que todo tiene sentido, algunos, como los amantes del misterio, lo llamarían sincronicidad, pero también podría ser que mi cerebro hiciera miles de rizomas para encajar o entretejer ideas y acontecimientos. En esta historia se unen un proyecto de ensalada, un campamento lleno de encuentros rizómicos y la inteligencia ejecutiva.

Hace meses oí en la radio a Jóse Antonio Marina hablar de su libro Inteligencia ejecutiva (Biblioteca UP). En él habla de un nuevo tipo de inteligencia, aquel que hace que sepamos qué queremos conseguir, cómo conseguirlo y, lo más importante, hacerlo. Para introducir el tema en el programa insertaron una serie de entrevistas a niños y niñas en las que decían qué querían ser de mayores y qué tenían que hacer para ello. Así había futuros médicos que sabían que tenían que estudiar mucho para sacar muy buenas notas y entrar en la facultad o futbolistas que, además de estudiar mucho, sabían que debían entrenar y aprender inglés (para poder jugar fuera). También hace meses quise hacerme una ensalada y planté tomates y lechugas… hoy he recogido el primer tomate, que me sonreía al más puro estilo Jack Skeleton.

Después de recoger mi primer tomate comienzo a plantearme si podré hacerme la ensalada, quizás me haya quedado corta… Quizás para hacerme una ensalada debía de haber plantado un huerto como el de la Facultad de Bellas Artes y no un par de tomateras en mi ventana… Esto me lleva a una reflexión que hice hace poco, tras diversos encuentros con alumnos que no entendían porqué, si les decimos que el trabajo está bien, o incluso muy bien, no tienen un sobresaliente como nota final. La verdad es que ante esta pregunta no sabía, hasta ahora, muy bien cómo explicárselo. Hay una razón, por supuesto, pero no sabía como verbalizarla. Pongamos que yo fuera saltadora de altura, entrenando hago un salto perfecto pasando sobre la marca de un metro… mi salto ha sido perfecto, pero si una compañera hace el mismo salto perfecto sobre los 2 metros ¿no es ella la que lo ha hecho mejor? ¿y si a pesar de no haber hecho el salto perfecto ha conseguido saltar más? Parte de la inteligencia ejecutiva es, como he dicho antes, ponerse metas y saber cómo alcanzarlas, y hay trabajos, propuestas, que desde el primer momento son más ambiciosos y por ello pueden llegar a tener más nota (también es la inteligencia ejecutiva la que te sirve para saber si lo que quieres es una buena nota u otra cosa).

Mientras que yo intentaba preparar mi ensalada y corregía trabajos, Clara Megías y algunos alumnos que participaron en el proyecto “Esto no es una clase” preparaban la programación de Vacaciones de colores 2012*. Este año los pequeños (4-5 años) están trabajando en base a los sentidos, los medianos (6-8 años) se encuentran conociendo su cuerpo y los mayores (9-12 años) están aprendiendo nuevas formas de conocer la naturaleza y los ecosistemas que les rodean, y todo a través del arte contemporáneo. Hace unos días entré a ver a los pequeños mientras experimentaban con los sentidos haciendo mermelada de tomate, triturándolos con sus propias manos.

Cuando hace un par de años desarrollé el proyecto de camino a mis raíces quise acercarme de una forma plástica y sensorial a los pueblos que han marcado mi vida: Ayora (mi pueblo natal), Majadahonda (mi lugar de residencia), Ayamonte (el pueblo de mi padre) y Villaseca de la Sagra (el pueblo de mi madre). En la fiesta de final de campamento de la primera quincena me encontré con una madre que vive en Ayamonte, en la playa en la que crecí y donde he experimentado con mis sentidos, donde he conocido mi cuerpo y donde he observado las gambas que su hija se llevaba en una ecosfera junto al mar. En aquella ocasión no pude cerrar mi proyecto, no pude volver al pueblo donde nací, pero ese mismo día en el que descubrí que la niña con la que había compartido 10 días de descubrimientos iba a esa playa de mi infancia, supe que Chari Cámara Bevia (una de las educadoras de Vacaciones de colores) había pasado sus veranos en Ayora, en esas calles que yo también recorrí pero que casi no recuerdo… ahora entiendo que compartamos el ganchillo, los muñecos de trapo, el reiki, los niños, el baile,… Pero bueno, no hay que olvidar que los rizomas son raíces…

Aún quedan 9 días para acabar nuestros campamentos y estoy ansiosa por ver si el rizoma crece más y si finalmente podré hacerme la ensalada…

*Vacaciones de colores en el campamento urbano que organiza el MuPAI en el mes de julio. 

Las imágenes de esta entrada han sido realizadas por Noelia Antúnez del Cerro (1ª) y Drusila Dones Gil (2ª y 3ª).

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