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Cosas pequeñas en una tarde de lluvia

05/05/2012

No sé si será la alergia, el tiempo cambiante o que, pero hoy me he levantado con dolor de cabeza. Después de una mañana de contestar correos, buscar información, chatear con amigas,… todo pegada al ordenador, decidí ponerme con otra cosa.

Recuerdo que cuando en 1998 estaba a punto de empezar Bellas Artes, vi un chiste de Forges en el que una chica, cargada con una gran carpeta, un tubo y una mochila de la que sobresalían pinceles, enunciaba una serie de rocambolescos nombres de supuestas asignaturas y terminaba diciendo “¿Por qué me metí en Bellas Artes si a mi lo que me gusta es pintar?”. En su día no llegué a entender la razón que tenía. Una acaba la carrera, se doctora y deja de a hacer aquello que quería hacer cuando entró en la universidad. Esto en si mismo no es algo malo, simplemente aparecen intereses nuevos, nuevas dedicaciones que van sustituyendo poco a poco a las anteriores… y bueno, como dijo Steve Jobs en su discurso en la Universidad de Stanford, siempre es más fácil encontrar las conexiones y los hilos si miras hacia atrás.

Recuerdo que de pequeña tenía un estuche de dos pisos con cremalleras, con un exterior de color azul cian y rayas negras. En uno de los pisos colocaba bolis, lápices, una goma y un sacapuntas, además de una pequeña regla, creo recordar. En el otro tenía siempre dispuestos y colocados mis lápices de colores, ordenados meticulosamente a modo de arcoiris del blanco al negro, del amarillo al morado. Recuerdo que una vez tuvimos que hacer en el colegio un trabajo usando los colores cálidos por un lado y los fríos por otro… lo tuve fácil porque mis colores estaban así ordenados, los cálidos en una mitad del estuche y los fríos en la otra. Hoy me he puesto a ordenar los dos o tres estuches y cajas que tengo en casa con lápices de colores, rotuladores,… Los he separado por materiales y he decidido sacar punta a los lápices para guardarlos listos para trabajar y, de forma fortuita y después de llevar años sin pensar en ello, me he acordado de esas “bandejas” de papel que nos hacíamos para ir tirando las mondas de los lápices (sobre todo cuando la profe no nos dejaba levantarnos a la papelera porque sabía que aprovechábamos esos momentos para hablar). He terminado la tarde sacado punta en mi bandeja y ordenando los colores como cuando era pequeña… todo un placer.

Cuando he terminado se ha puesto a llover y me he levantado a cerrar la ventana. Al asomarme he visto mi “Proyecto de ensalada”. Las tomateras sólo llegaron a dar un tomate más pequeño que un garbanzo, pero ahora están resurgiendo y tal vez este  verano si que pueda recoger los suficientes para hacerme una ensalada. Sin tomates no había ensalada, así que dejé que las lechugas crecieran a sus anchas y me sorprendieron. ¿Quién iba a esperar que la lechuga se convirtiera en una planta alta, con flores y semillas voladoras? Mi abuelo me diría “¿Y qué esperabas?”, pero para mí ha sido una sorpresa, otra de esas pequeñas cosas que me consiguen seguir manteniendo mi curiosidad despierta.

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